Félix O. Martín Sárraga — Doctor en Historia
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7451-0984
La historia de las estudiantinas y tunas universitarias no puede explicarse adecuadamente si prescindimos de las mujeres que participaron en ellas. Aunque la inmensa mayoría de estas agrupaciones estuvo integrada por hombres durante el siglo XIX y buena parte del XX, ello solo fue un reflejo de la mtrícula universitaria de aquellos tiempos em los que la investigación histórica ha demostrado que también existieron estudiantinas femeninas y mixtas, algunas de ellas pertenecientes a instituciones académicas (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-379).
Para comprender esta realidad es necesario situarse en el contexto social y educativo en el que surgieron las estudiantinas. Estas agrupaciones aparecieron en la España del siglo XIX, ¡no antes!, vinculadas inicialmente al Carnaval y en una sociedad que restringía considerablemente la participación femenina en numerosos ámbitos de la vida pública, particularmente en los estudios superiores (Martín Sárraga, 2022, pp. 401-403).
Su incorporación a los estudios universitarios comenzó con la Real Orden de 11 de junio de 1888, que permitió a las mujeres acceder a determinados estudios, aunque mantuvo importantes restricciones para su matriculación oficial. Hubo que esperar hasta la Real Orden de 8 de marzo de 1910 para que pudieran matricularse sin necesidad de solicitar una autorización especial a las autoridades académicas (Ministerio de Educación y Formación Profesional, 2019).

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Por consiguiente, la escasa presencia femenina en las primeras estudiantinas académicas es consecuencia directa de las normativas antaño vigentes y debe interpretarse teniendo en cuenta la composición de la población estudiantil de la que procedían, nunca como demostración de que la exclusividad masculina constituyera un principio inherente a estas agrupaciones (Martín Sárraga, 2026b).
El contexto histórico: una sociedad y una Universidad predominantemente masculinas
Las estudiantinas surgieron en la España del siglo XIX, vinculadas inicialmente a las celebraciones carnavalescas que adquirieron una nueva dimensión durante el reinado de Isabel II. En una sociedad marcada por importantes diferencias entre las funciones sociales atribuidas a hombres y mujeres, las primeras agrupaciones estuvieron constituidas mayoritariamente por varones, aunque no exclusivamente por ellos (Martín Sárraga, 2022, pp. 157-173, 378-379).
Para comprender aquella situación resulta necesario recordar las dificultades que encontraron las españolas para acceder a los estudios superiores. La Real Orden de 11 de junio de 1888 admitía su participación en la enseñanza privada, pero condicionaba la matrícula oficial a la autorización de las autoridades académicas. Esta limitación no desapareció hasta la Real Orden de 8 de marzo de 1910, publicada al día siguiente en la Gaceta de Madrid, que permitió a las mujeres matricularse sin necesidad de autorización especial (Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1910; Ministerio de Educación y Formación Profesional, 2019).
Por consiguiente, la composición predominantemente masculina de las primeras estudiantinas académicas debe interpretarse dentro de la estructura social y educativa de su tiempo. La limitada presencia femenina en la Universidad dificultaba que pudieran surgir y mantenerse agrupaciones académicas femeninas en condiciones semejantes a las masculinas (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-380).
Esto nos conduce a una distinción fundamental: que una institución o agrupación estuviera integrada mayoritariamente por hombres no demuestra que la participación femenina fuera necesariamente incompatible con su naturaleza.
Lo que reveló la investigación histórica
En mi tesis doctoral, Compromiso social de las estudiantinas y tunas universitarias desde su creación hasta la Segunda República, identifiqué 1.041 agrupaciones diferentes durante el periodo comprendido entre 1833 y 1939. Su clasificación según el género de los integrantes permitió determinar que 1.020 estaban conformadas exclusivamente por varones (97,98 %), nueve por mujeres (0,86 %) y doce eran mixtas (1,15 %) (Martín Sárraga, 2022, p. 378).
Estas cifras acreditan un predominio masculino extraordinariamente acusado, pero también la existencia de veintiuna agrupaciones femeninas o mixtas dentro del conjunto estudiado. Conviene precisar que los datos incluyen estudiantinas académicas y no académicas, por lo que sería metodológicamente incorrecto considerar universitarias a todas ellas (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-380).
El análisis documental permitió identificar, además, una estudiantina femenina de estudios superiores que desarrolló su actividad entre 1921 y 1929, tres agrupaciones universitarias mixtas durante el periodo comprendido entre 1924 y 1936 y cuatro estudiantinas femeninas preuniversitarias entre 1924 y 1938 (Martín Sárraga, 2022, p. 378).
La importancia de estos hallazgos no radica en su magnitud estadística, sino en su significado histórico. La existencia documentada de agrupaciones femeninas y mixtas demuestra que la participación de las mujeres no fue necesariamente incompatible con la condición de estudiantina o tuna académica (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-379).
Las mujeres ya participaban en estudiantinas durante el siglo XIX
En 1884 encontramos testimonios particularmente interesantes de estudiantinas mixtas en Cataluña. Durante el Carnaval de Gerona, una agrupación integrada por trece hombres y doce mujeres realizó actividades postulantes para auxiliar a los pobres, acompañada musicalmente por la orquesta del teatro de la localidad (El Demócrata, 1884; Martín Sárraga, 2016b).
En aquel mismo año, una estudiantina mixta de Palamós destinó lo recaudado a socorrer a veinticinco familias necesitadas: once recibieron ayudas en especie y dinero, mientras que catorce fueron auxiliadas económicamente (Semanario de Palamós, 1884; Martín Sárraga, 2016b).
Estos ejemplos demuestran que la participación femenina en las estudiantinas no comenzó en el ámbito universitario, sino en las agrupaciones musicales y carnavalescas que precedieron a la consolidación de las tunas académicas. También evidencian que las mujeres participaron en actividades benéficas, una de las características más importantes de numerosas estudiantinas decimonónicas (Martín Sárraga, 2016b; Martín Sárraga, 2022, pp. 378-379).
La investigación ha permitido localizar otras agrupaciones, entre ellas la Estudiantina Mujeril de Madrid, documentada entre 1884 y 1886; la Estudiantina de Francisca Navarro, en Torrevieja, en 1887; la Estudiantina Colón, en Madrid, en 1893, y la Estudiantina Nacional de Barcelona del mismo año (Martín Sárraga, 2022, p. 379).
Aunque estas agrupaciones no pueden identificarse automáticamente como académicas, constituyen antecedentes históricos relevantes porque demuestran que las mujeres participaron en el fenómeno de las estudiantinas desde el siglo XIX.
Las mujeres también fueron protagonistas musicales
Otra evidencia significativa procede de la Estudiantina femenina murciana que desarrolló actividades benéficas durante 1913 y 1914 para recaudar fondos destinados a la construcción del Sanatorio Antituberculoso de Sierra Espuña. Esta agrupación, dirigida musicalmente por José Pérez Mateos, estuvo formada por intérpretes de bandurria, laúd, guitarra y pandereta, además de cantantes (Martín Sárraga, 2022, pp. 324-325).
La prensa permitió conservar los nombres de numerosas integrantes, entre ellas María Coello, Estrella Maceres, María de la Cierva, Elvira Codina, Carmen Cánovas, Hortensia Manresa y María López Ambít, vinculadas a distintos instrumentos de la agrupación (El Tiempo, 1914a; Martín Sárraga, 2022, p. 325).
El 11 de abril de 1914 ofrecieron un concierto en el Teatro Romea de Murcia, interpretando un programa integrado por el pasodoble Thader, de Pérez Mateos; una serenata de Grieg; una fantasía de Aida; música de Los cadetes de la reina y una jota aragonesa. La prensa elogió la interpretación y la acogida del público (El Tiempo, 1914b, p. 3).
La importancia del testimonio reside en que aquellas mujeres no aparecen como acompañantes de una agrupación masculina, sino como intérpretes musicales que desarrollaban una actividad artística con finalidad benéfica (Martín Sárraga, 2022, pp. 324-325).
La Estudiantina de la Escuela Normal de Maestras de La Laguna
Un paso especialmente importante hacia la presencia femenina en agrupaciones inequívocamente académicas lo encontramos en la Estudiantina de la Escuela Normal de Maestras de La Laguna, cuya actividad está documentada entre 1921 y 1929 (Asencio González, 2013; Martín Sárraga, 2022, pp. 325-328).
Sus integrantes participaron en actuaciones musicales y cuestaciones destinadas principalmente a la Cantina Escolar y al Ropero Infantil, instituciones que proporcionaban alimentación, ropa y calzado a niños necesitados, favoreciendo su asistencia a la escuela (González Pérez, 1993, pp. 331-347; Martín Sárraga, 2022, pp. 326-327).
En 1922 la agrupación participó con setenta integrantes en una función benéfica celebrada en el Teatro Leal. Dos años después, la prensa publicó que sus actividades permitieron entregar 171,72 pesetas a las Hermanitas de los Pobres y 2.506,80 pesetas a la Cantina Escolar de La Laguna (Gaceta de Tenerife, 1922, p. 2; 1924, p. 1).
El compromiso de aquellas jóvenes llegó incluso a reflejarse en su preocupación por reducir los gastos de los desplazamientos, llevando sus propios alimentos durante las actuaciones para procurar que una mayor parte de lo recaudado llegara a sus destinatarios (Gaceta de Tenerife, 1926, p. 1; Martín Sárraga, 2022, pp. 327-328).
La Estudiantina de La Laguna constituye, por tanto, un ejemplo particularmente significativo de participación femenina académica, actividad musical y compromiso social, tres características que también encontramos en numerosas estudiantinas integradas por varones (Martín Sárraga, 2022, pp. 325-328, 395-399).
La Tuna de la Universidad Central de Madrid tuvo mujeres
Si los testimonios anteriores acreditan la participación femenina en las estudiantinas, la documentación procedente de la Universidad Central de Madrid permite dar un paso más: demostrar que también hubo mujeres integradas en una tuna universitaria antes de la Guerra Civil española.
La prensa documenta integrantes femeninas en la Tuna de la Universidad Central de Madrid durante diferentes años comprendidos entre 1924 y 1936. Esta reiteración documental impide interpretar su presencia como una innovación contemporánea o como un episodio exclusivamente vinculado a la transformación social experimentada desde finales del siglo XX (Martín Sárraga, 2016, pp. 75-81; Martín Sárraga, 2022, pp. 227-229).
En 1924 encontramos a Asunción Campos, Lola Campos y María Muñoz, junto con otra integrante cuyo apellido aparece con variantes en la documentación y cuyo nombre no ha podido establecerse definitivamente. Las noticias contemporáneas identifican expresamente a estas mujeres como componentes de la agrupación (Diario de Córdoba, 1924, p. 1; La Voz, 1924, p. 3; Martín Sárraga, 2026b).
Cinco años después, la Tuna Orquesta Escolar Universitaria, denominación utilizada también para la agrupación madrileña, contaba con ochenta y ocho estudiantes, entre ellos cuatro mujeres: dos procedentes de la Facultad de Filosofía y Letras y otras dos del Conservatorio. Dos interpretaban el arpa y las otras dos el violín (La Gaceta Regional, 1929; Crónica, 1929, p. 2).
La información resulta especialmente reveladora porque no se limita a mencionar su presencia. También describe la adaptación de la indumentaria, señalando que las mujeres utilizarían faldas de terciopelo negro, manteniendo el conjunto una imagen inspirada en el antiguo estudiante español (La Gaceta Regional, 1929; Martín Sárraga, 2022, p. 228).
Por tanto, estas mujeres no figuran simplemente en una fotografía junto a estudiantes varones. Las fuentes contemporáneas permiten conocer su pertenencia a la agrupación, los estudios de procedencia, los instrumentos que interpretaban y las características de su vestimenta (Martín Sárraga, 2022, pp. 227-228).
La presencia femenina continuó durante la Segunda República
La participación de mujeres en la Tuna madrileña vuelve a aparecer documentada durante la Segunda República. En 1933, el diario La Libertad proporcionó los nombres de Concepción de la Torre, Ofelia Pérez, Carmen Grisoto y Amparo Díaz entre sus integrantes, mientras que Mundo Gráfico publicó una fotografía que acredita nuevamente su presencia (La Libertad, 1933, p. 6; Mundo Gráfico, 1933).
Las fuentes vuelven a registrar mujeres en la agrupación durante 1934 y 1936. En este último año, una fotografía publicada en Crónica muestra a una integrante femenina portando el estandarte correspondiente al premio obtenido por la Tuna de la Universidad Central en el concurso carnavalesco madrileño (Mundo Gráfico, 1934; Crónica, 1936, p. 32).
Estos documentos permiten identificar una presencia femenina reiterada a lo largo de doce años, aunque esa sucesión de testimonios no debe confundirse con la demostración de que la agrupación mantuviera necesariamente una actividad ininterrumpida durante todo el periodo (Martín Sárraga, 2016, pp. 75-81; Martín Sárraga, 2022, pp. 227-229).
Madrid tampoco constituye el único caso.
En 1932 encontramos a Azucena Touriño, estudiante de Comercio, formando parte de la Tuna Escolar Coruñesa, integrada por treinta y siete estudiantes. Su participación fue recogida por diferentes periódicos y revistas de la época, algunos de los cuales publicaron fotografías de la agrupación (Martín Sárraga, 2016, pp. 78-80; Martín Sárraga, 2022, pp. 228-229).
Un año después, la Estudiantina Castellana, integrada por estudiantes procedentes de Salamanca y Madrid, fue descrita expresamente por la prensa como una agrupación formada por alumnos de ambos sexos (El Heraldo de Madrid, 1933, p. 5; Martín Sárraga, 2022, p. 229).
Estos testimonios demuestran que la participación conjunta de mujeres y hombres no era incompatible con la condición de estudiantina o tuna académica en la España anterior a la Guerra Civil.
El franquismo y la identificación de la tuna como espacio masculino
La Guerra Civil y la posterior dictadura franquista introdujeron profundas transformaciones en la vida universitaria española. Las tunas quedaron vinculadas a la estructura del Sindicato Español Universitario (SEU), cuya Orden de 12 de noviembre de 1955 reguló formalmente su organización y funcionamiento (Martín Sárraga, 2016, pp. 63-88; Martín Sárraga, 2026a, pp. 627-630).
Este proceso debe interpretarse dentro de un sistema político que promovió modelos diferenciados de participación social para hombres y mujeres, circunstancia que afectó también a las instituciones educativas y a las formas de sociabilidad estudiantil (Martín Sárraga, 2016, pp. 63-75).
Una expresión particularmente ilustrativa de aquella mentalidad aparece en la publicidad comercial de 1965, cuando un anuncio de brandy Soberano presentó la tuna entre las actividades consideradas propias de los hombres. Aunque este testimonio no demuestra por sí solo cómo se produjo esa asociación cultural, sí acredita que entonces resultaba reconocible para la población (Martín Sárraga, 2016, pp. 72-73).
Sin embargo, tampoco durante el franquismo desaparecieron las agrupaciones femeninas.
La documentación registra, entre otros ejemplos, la Tuna Femenina del Colegio de la Asunción en 1949, la Tuna Femenina del Colegio Mayor Universitario Santo Tomás de Aquino de Oviedo durante los años 1955-1957 y la Rondalla Femenina Las Alegres Estudiantes del SEU de Barcelona en 1961 (Martín Sárraga, 2026b).
Especial interés presenta la Tuna Femenina de Barcelona, invitada de honor al VII Certamen Nacional de Tunas en 1964, según la información publicada por ABC en su edición sevillana (ABC, 1964; Martín Sárraga, 2026b).
Por consiguiente, incluso en un periodo caracterizado por la diferenciación institucional de los sexos, la existencia de agrupaciones femeninas impide establecer una equivalencia absoluta entre tuna y masculinidad.
La expansión de las tunas femeninas desde finales del siglo XX
La incorporación creciente de las mujeres a la Universidad española modificó profundamente la composición de la población estudiantil. En 1975 representaban el 36,7 % del alumnado universitario, porcentaje que aumentó hasta el 44 % en 1980 y el 49,46 % en 1985, convirtiéndose en mayoría en 1990, cuando alcanzaron el 50,96 % (CIDE, citado en Martín Sárraga, 2026b).
Esta evolución coincidió cronológicamente con la expansión de las tunas femeninas universitarias desde la década de 1980, que adquirió especial intensidad durante los años noventa y continuó durante el siglo XXI (Martín Sárraga, 2026b).
Según los datos recopilados en el estudio publicado en octubre de 2026, aproximadamente el 5 % de las tunas femeninas españolas actualmente registradas comenzó su actividad durante la década de 1980; alrededor del 45 %, durante la de 1990, y más del 50 %, desde el año 2000. Estas cifras describen el registro utilizado en aquella investigación y no deben interpretarse como un censo exhaustivo de todas las agrupaciones que existieron (Martín Sárraga, 2026b).
El crecimiento de las tunas femeninas guarda, por tanto, una estrecha relación temporal con el incremento de mujeres universitarias. No representa la aparición de una tradición completamente nueva, sino una ampliación de la participación femenina en una manifestación cultural para la que ya existían antecedentes históricos documentados (Martín Sárraga, 2016, pp. 75-87; Martín Sárraga, 2026b).
La tradición universitaria no puede reducirse a una sola etapa
El estudio de las estudiantinas y tunas académicas demuestra que estas agrupaciones experimentaron numerosas transformaciones durante su evolución. Cambiaron sus denominaciones, sus vínculos con las instituciones docentes, sus finalidades, la indumentaria, los repertorios musicales y las formas de organización (Martín Sárraga, 2026a, pp. 267-404).
Por ello, resulta metodológicamente incorrecto seleccionar una característica predominante durante determinado periodo y proyectarla retrospectivamente sobre toda la historia de la manifestación.
La presencia mayoritaria de hombres constituye una realidad histórica demostrada, pero no permite afirmar que todas las agrupaciones fueran necesariamente masculinas ni que la participación femenina representara una ruptura absoluta con su pasado (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-379).
Tampoco resulta adecuado confundir la existencia histórica de mujeres en las tunas con la demostración de que todas las agrupaciones actuales hayan alcanzado condiciones idénticas de participación. La primera cuestión puede acreditarse mediante fuentes históricas; la segunda requiere estudiar las prácticas y circunstancias contemporáneas de las diferentes agrupaciones.
La realidad actual presenta tunas masculinas, femeninas y mixtas, modalidades que deben comprenderse atendiendo tanto a su evolución histórica como a las condiciones en que sus integrantes participan y transmiten la tradición (Martín Sárraga, 2026b).
La mujer también forma parte del patrimonio histórico de la tuna
Reconocer la participación femenina no exige modificar artificialmente la historia de las estudiantinas y tunas universitarias. Exige, precisamente, conocerla con mayor profundidad.
Las mujeres estuvieron presentes en estudiantinas carnavalescas del siglo XIX, protagonizaron actividades musicales y benéficas, formaron agrupaciones académicas propias y compartieron otras con estudiantes varones antes de la Guerra Civil. Su presencia continuó, aunque minoritariamente, durante el franquismo, y adquirió una dimensión mucho mayor desde las últimas décadas del siglo XX (Martín Sárraga, 2016, pp. 58-87; Martín Sárraga, 2022, pp. 324-328, 378-379; Martín Sárraga, 2026b).
No estamos hablando de una participación imaginada, ni de una interpretación retrospectiva destinada a justificar posiciones actuales. Hablamos de nombres y apellidos, fechas, fotografías, instrumentos musicales, actuaciones públicas y testimonios documentales conservados desde hace más de un siglo.
La investigación histórica tiene la obligación de recuperar esos testimonios y situarlos en su contexto, evitando tanto la exageración de la presencia femenina como su eliminación del relato.
La escasa frecuencia con que un hecho histórico se produjo no disminuye su existencia ni autoriza a ignorarlo.
La historia de las estudiantinas y tunas académicas fue escrita principalmente por hombres porque ellos constituyeron la mayor parte de sus integrantes durante buena parte de su evolución. Pero también hubo mujeres que participaron activamente en ella, y su contribución merece ser reconocida con el mismo rigor documental (Martín Sárraga, 2022, pp. 378-379).
La mujer no es una recién llegada a la historia de la tuna. Su presencia está documentada desde hace más de un siglo y constituye una parte de su evolución que ninguna interpretación rigurosa puede ignorar.
Consideraciones históricas sobre la mujer, la igualdad de género y la Tuna Universitaria
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Publicación: 04/11/2026