Félix O. Martín Sárraga, Doctor en Historia
ORCID: 000-0001-7451-0984
La tuna universitaria es una manifestación iniciática y cultural cuyo valor trasciende a su música, indumentaria e instrumentos. Su patrimonio comprende también conocimientos, experiencias, formas de convivencia y valores que sus integrantes han transmitido a lo largo de generaciones. La solidaridad, la amistad, el compañerismo, el respeto, el compromiso social, la aculturación y la vinculación con la Universidad forman parte de las dimensiones que permiten comprender su significado histórico y cultural (Martín Sárraga, 2018, 2022, pp. 373-403; 2026b, pp. 634-637).
La continuidad de esta tradición no significa que sus prácticas hayan permanecido inalteradas. Las estudiantinas y tunas universitarias han experimentado transformaciones en sus denominaciones, repertorios, instrumentos, indumentaria, organización, actividades y composición, adaptándose a las circunstancias académicas, políticas y culturales de cada época (Martín Sárraga, 2020, 2026b, pp. 267-404).
La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial reconoce que las comunidades transmiten sus manifestaciones culturales entre generaciones y las recrean continuamente en relación con su entorno y su historia (UNESCO, 2003, art. 2). Por su parte, en España la Ley 10/2015 contempla las manifestaciones musicales, los usos sociales y las formas de socialización colectiva entre los ámbitos del patrimonio cultural inmaterial (Jefatura del Estado, 2015). Desde esta perspectiva, la tuna universitaria puede comprenderse como un patrimonio vivo, cuyo valor no reside exclusivamente en aquello que sus integrantes interpretan o visten, sino también en lo que conocen, comparten, practican y transmiten.
Una dimensión especialmente relevante de esta realidad fue abordada en la conferencia Importancia social del binomio Tuna-Universidad, impartida el 8 de noviembre de 2018 en el Teatro de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano, con motivo del cincuentenario de su tuna. Aquella intervención permitió reflexionar sobre las relaciones entre la experiencia tunantesca, la formación de sus integrantes, la identidad universitaria y la transmisión de valores, a partir de una investigación exploratoria realizada ese mismo año (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 634-637).
Sus resultados permiten examinar la tuna no solamente como una agrupación musical, sino también como un espacio potencial de aprendizaje, convivencia e identificación con la institución universitaria, así como un entorno que puede favorecer la adquisición y transmisión de valores con una importante proyección social.
Sin embargo, reconocer su importancia patrimonial exige conocer su historia sin idealizarla. No todas las costumbres consideradas antiguas poseen la antigüedad que se les atribuye, ni todos los valores proclamados por las agrupaciones estuvieron presentes de igual manera en cada periodo histórico.
Una tradición construida y transformada a lo largo de la historia
La aparición y configuración de las estudiantinas debe situarse principalmente en el contexto sociocultural del siglo XIX, especialmente en relación con las celebraciones carnavalescas, las representaciones costumbristas del estudiante y el desarrollo de nuevas formas de sociabilidad urbana (Martín Sárraga, 2022, pp. 157-255; 2026b, pp. 267-404).
Esta realidad obliga a distinguir entre las antiguas costumbres relacionadas con los estudiantes y las agrupaciones que posteriormente recibieron las denominaciones de estudiantina y tuna universitaria.
La existencia de escolares pobres, prácticas musicales o celebraciones estudiantiles anteriores al siglo XIX no demuestra, por sí misma, una continuidad histórica ininterrumpida ni una vinculación directa con las tunas contemporáneas (Martín Sárraga, 2026b, pp. 623-624).
La investigación recogida en La hija del carnaval: Origen y evolución de la Tuna Universitaria identifica 1.041 estudiantinas entre 1833 y 1939. De ellas, 282 fueron clasificadas como académicas, 612 como no académicas y otras 147 quedaron registradas en categorías de identificación diferente o insuficiente (Martín Sárraga, 2026b, pp. 626-627). Estos resultados muestran que las estudiantinas constituyeron un fenómeno cultural mucho más amplio que el estrictamente universitario y que su evolución estuvo relacionada con diferentes formas de sociabilidad, finalidades y contextos históricos.
La tuna universitaria contemporánea debe comprenderse, por tanto, como el resultado de un proceso de transformación cultural, y no como la reproducción inalterada de unas prácticas estudiantiles supuestamente transmitidas desde la Edad Media.
El valor de una tradición no depende de atribuirle una antigüedad que la documentación no demuestra, sino de conocer sus verdaderos antecedentes, identificar los valores que ha transmitido hasta el presente y comprender cómo ha pervivido y evolucionado a lo largo del tiempo.
El compromiso social y la solidaridad: un patrimonio de comportamientos documentados
Los valores relacionados con las estudiantinas aparecen tempranamente y cuentan con gran respaldo documental. Durante el siglo XIX y el primer tercio del XX numerosas agrupaciones realizaron actividades destinadas a socorrer personas necesitadas, ayudar a víctimas de catástrofes, colaborar con instituciones benéficas y atender situaciones de pobreza, enfermedad o guerra (Martín Sárraga, 2022, pp. 259-342). La tesis doctoral Compromiso social de las estudiantinas y tunas universitarias desde su creación hasta la Segunda República documenta estas actuaciones con numerosos testimonios de prensa que permiten identificar a sus protagonistas, los beneficiarios de las ayudas y, en ocasiones, las cantidades recaudadas.
Uno de los ejemplos más representativos de compromiso social y solidaridad fue la respuesta solidaria provocada por las inundaciones de octubre de 1879, especialmente recordadas por la riada de Santa Teresa, que afectaron gravemente a Murcia, Alicante y Almería.
La catástrofe despertó iniciativas solidarias en numerosas localidades españolas. Diferentes estudiantinas organizaron cuestaciones públicas destinadas a los damnificados, contando en ocasiones con la colaboración de autoridades y bandas militares (Martín Sárraga, 2022, pp. 279-290).
En Toledo, una estudiantina constituida por alumnos de la Escuela Normal, a la que se incorporaron estudiantes de Medicina y Farmacia, recaudó 271 reales en pocas horas. Otra agrupación organizada en Palencia reunió 785 pesetas, mientras que una estudiantina valenciana obtuvo 10.250 reales durante sus dos primeras jornadas (El Magisterio Español, 5 y 25 de noviembre de 1879, citado en Martín Sárraga, 2022, p. 287).
Los estudiantes de la Universidad de Barcelona organizaron una expedición postulante por diferentes localidades catalanas. La prensa informó de la colaboración de una banda militar y de las facilidades concedidas por compañías ferroviarias para favorecer aquellos desplazamientos (Diari Català, 11 de noviembre de 1879, citado en Martín Sárraga, 2022, p. 288).
En Almería, la estudiantina del Instituto publicó el desglose de sus ingresos y gastos, permitiendo conocer cómo fueron administrados los fondos obtenidos durante sus actuaciones benéficas (Crónica Meridional, 21 de noviembre de 1879, citada en Martín Sárraga, 2022, pp. 289-290).
Estos testimonios demuestran que las estudiantinas se convirtieron en instrumentos efectivos de movilización ciudadana ante situaciones de especial necesidad. También revelan una dimensión especialmente significativa de su compromiso social: estudiantes de diferentes ciudades dedicaron tiempo y esfuerzo a ayudar a personas que, en muchos casos, ni siquiera conocían.
La postulación/cuestación constituyó una práctica frecuente entre las estudiantinas, aunque el destino de las cantidades recaudadas varió según las circunstancias y las finalidades de cada agrupación y moimento histórico. En ocasiones, sus integrantes solicitaban donativos para sufragar sus propios gastos y actividades; en otras, destinaban lo recaudado a socorrer a personas necesitadas, ayudar a víctimas de catástrofes o colaborar con instituciones benéficas (Martín Sárraga, 2022, pp. 373-403).
El análisis de los motivos postulantes anteriores al franquismo, recogido en La hija del carnaval, muestra que el 23 % de las causas identificadas estuvieron relacionadas con instituciones benéficas; el 18 %, con víctimas de catástrofes naturales; el 9 %, con situaciones de hambre y pobreza; y otro 9 %, con hospitales (Martín Sárraga, 2026b, pp. 633-634).
Estas cifras corresponden a los motivos identificados en el corpus documental investigado y no deben interpretarse como porcentajes de todas las agrupaciones existentes. Su relevancia reside en demostrar que las cuestaciones destinadas a fines benéficos constituyeron una expresión destacada de la solidaridad y el compromiso social de las estudiantinas, ocupando un lugar significativo entre las finalidades históricamente documentadas.
La mujer en la historia de la tuna: una presencia anterior al franquismo
La participación femenina en las estudiantinas y tunas universitarias estuvo históricamente condicionada por las dificultades que encontraron las mujeres para acceder a la enseñanza superior. Durante buena parte del siglo XIX, su presencia en las universidades españolas fue excepcional, circunstancia que contribuye a explicar el marcado predominio masculino de las agrupaciones académicas -léase estudiantinas y tunas- de aquel periodo.
Esta situación comenzó a modificarse progresivamente y encontró un importante punto de inflexión en la Real Orden de 11 de junio de 1910, que eliminó la exigencia de autorizaciones especiales para que las mujeres pudieran matricularse en las enseñanzas oficiales. Su creciente incorporación a la Universidad amplió también las posibilidades de participación en las diferentes manifestaciones de sociabilidad estudiantil, incluidas las estudiantinas y tunas.
Como analicé en El conflicto de género en la Tuna, una herencia del franquismo, la evolución de la participación femenina en estas agrupaciones no puede desvincularse de las circunstancias educativas, sociales y políticas de cada época (Martín Sárraga, 2015). Por ello, resulta necesario distinguir entre el predominio masculino documentado históricamente y la interpretación posterior de ese predominio como una característica necesariamente masculina de la tradición.
El estudio Consideraciones históricas sobre la mujer, la igualdad de género y la Tuna Universitaria, fechado el 4 de octubre de 2026, aporta una clasificación especialmente esclarecedora. De las 1.041 estudiantinas y tunas anteriores a la Guerra Civil cuya composición pudo determinarse, 1.020 fueron exclusivamente masculinas, nueve exclusivamente femeninas y doce mixtas (Martín Sárraga, 2026a, pp. 4-5).
El predominio masculino resulta evidente. Sin embargo, también lo es la existencia de agrupaciones femeninas y de otras en las que participaron conjuntamente mujeres y hombres. Su importancia no depende de que representaran una proporción elevada.
Desde una perspectiva histórica, su existencia demuestra que la composición exclusivamente masculina no fue una característica universal de las estudiantinas y tunas. El predominio masculino constituye un hecho histórico cuantificable; convertirlo en una condición necesaria de toda la tradición supone una interpretación que la documentación disponible contradice.
La solidaridad y el compromiso social no fueron patrimonio exclusivo de las estudiantinas masculinas. Las agrupaciones femeninas también desarrollaron iniciativas benéficas destinadas a paliar algunas de las necesidades sociales de su tiempo. Un ejemplo especialmente representativo fue la Estudiantina de la Escuela Normal de Maestras de La Laguna, activa entre 1921 y 1929, cuyas actividades estuvieron orientadas principalmente a colaborar con la Cantina Escolar y el Ropero Infantil, instituciones que atendían las necesidades alimentarias y materiales de niños pertenecientes a familias desfavorecidas (Martín Sárraga, 2022, pp. 325-328).
Su compromiso social quedó reflejado en diversas actuaciones documentadas por la prensa. En febrero de 1922, la agrupación, integrada por setenta participantes, intervino en una función benéfica celebrada en el Teatro Leal (Gaceta de Tenerife, 15 de febrero de 1922, citada en Martín Sárraga, 2022, p. 327). Dos años después, el mismo periódico publicó el desglose de las cantidades obtenidas mediante sus actuaciones carnavalescas y funciones benéficas, destinadas a la Cantina Escolar, al Ropero Infantil y a las Hermanitas de los Pobres (Gaceta de Tenerife, 13 de marzo de 1924, citada en Martín Sárraga, 2022, p. 327).
Especialmente significativa fue una iniciativa de 1926: durante sus actuaciones, las integrantes llevaron sus propios alimentos para reducir los gastos y conseguir que una mayor parte de lo recaudado llegara a sus beneficiarios (Gaceta de Tenerife, 25 de mayo de 1926, citada en Martín Sárraga, 2022, pp. 327-328).
Estos testimonios no solo acreditan la continuidad de sus actividades benéficas, sino que permiten reconocer en las estudiantes normalistas un compromiso solidario que trascendía la interpretación musical y se traducía en actuaciones concretas de ayuda a los sectores más desfavorecidos.
La presencia femenina en las estudiantinas académicas no se limitó a la creación de agrupaciones integradas exclusivamente por mujeres. La documentación histórica también acredita su incorporación a tunas universitarias en las que tradicionalmente habían predominado los hombres, mucho antes de la Guerra Civil.
En El conflicto de género en la Tuna, una herencia del franquismo reuní testimonios de la participación femenina durante las primeras décadas del siglo XX (Martín Sárraga, 2015). Uno de los casos más significativos corresponde a la Tuna de la Universidad Central de Madrid, en la que está documentada la presencia de mujeres en diferentes momentos comprendidos entre 1924 y 1936.
La noticia más temprana de esta serie, publicada en febrero de 1924, permite identificar a cuatro integrantes: Asunción Campos, Lola Campos, María Muñoz y una estudiante de apellido Abanuza, cuyo nombre de pila no ha podido determinarse con certeza a partir de las fuentes conservadas (Diario de Córdoba, 29 de febrero de 1924, citado en Martín Sárraga, 2026a, p. 6).
Su presencia en una tuna universitaria hasta entonces integrada por hombres permite plantear que, al menos en aquella agrupación, la condición de estudiante pudo prevalecer sobre el sexo como criterio de incorporación. Las fuentes disponibles permiten acreditar que el hecho de ser mujeres no fue un impedimento para ingresar en dicha tuna universitaria.
Cinco años después encontramos nuevos testimonios de participación femenina en la misma agrupación, entonces denominada por la prensa Tuna Orquesta Escolar Universitaria. En noviembre y diciembre de 1929, los periódicos informaron de que estaba integrada por 88 estudiantes, entre ellos cuatro mujeres: dos procedentes de la Facultad de Filosofía y Letras y otras dos del Conservatorio. También precisaron que dos interpretaban el arpa y las restantes el violín (El Adelanto, 8 de noviembre de 1929; Crónica, 22 de diciembre de 1929; citados en Martín Sárraga, 2026a, pp. 6-7).
La documentación permite conocer, además, algunos detalles de su indumentaria. La Gaceta Regional informó de que las estudiantes utilizaban faldas de terciopelo negro, una adaptación del traje empleado por sus compañeros masculinos (La Gaceta Regional, 7 de noviembre de 1929, citada en Martín Sárraga, 2026a, p. 7).
Estos testimonios tienen especial importancia porque no presentan a las mujeres como simples acompañantes de una agrupación masculina. Por el contrario, acreditan su integración como intérpretes, proporcionan información sobre sus estudios e instrumentos musicales y, en determinados casos, permiten conocer sus identidades.
La participación femenina continuó documentándose durante la Segunda República. En marzo de 1933, La Libertad identificó a Concepción de la Torre, Ofelia Pérez, Carmen Grisoto y Amparo Díaz entre las integrantes de la Tuna Madrileña, otra denominación empleada para referirse a la agrupación de la Universidad Central (La Libertad, 2 de marzo de 1933, citada en Martín Sárraga, 2026a, p. 7).
Otros testimonios permiten reconocer nuevamente la presencia de mujeres en esta tuna en 1934 y 1936. Por consiguiente, no estamos ante un episodio aislado o excepcional de participación femenina, sino ante una presencia documentada de forma reiterada a lo largo de doce años anteriores a la Guerra Civil. Aunque las fuentes no permiten establecer que todas las integrantes permanecieran ininterrumpidamente durante ese periodo, sí demuestran que la incorporación de mujeres a una tuna universitaria de predominio masculino era una realidad mucho antes del franquismo.
El franquismo y la transformación cultural de la tuna
La Guerra Civil y la instauración de la dictadura franquista marcaron una nueva etapa en la historia de las tunas universitarias, caracterizada por su progresiva incorporación a las estructuras de organización y control de la vida estudiantil establecidas por el régimen. Este proceso afectó tanto a su funcionamiento como a determinadas prácticas tradicionales y a la imagen pública que se proyectó de ellas.
Uno de los cambios más significativos estuvo relacionado con la diferenciación institucional entre hombres y mujeres. El franquismo promovió modelos educativos y sociales distintos para ambos sexos, asignándoles funciones y espacios de participación diferenciados. En el ámbito universitario, esta orientación se reflejó en la organización de la vida estudiantil a través del Sindicato Español Universitario (SEU) y en el encuadramiento de las mujeres dentro de estructuras vinculadas a la Sección Femenina (Martín Sárraga, 2015; 2026a, pp. 9-10).
Estas circunstancias contribuyeron a reforzar la identificación de la tuna universitaria con el ámbito masculino, como analicé en El conflicto de género en la Tuna, una herencia del franquismo (Martín Sárraga, 2015). Conviene precisar, sin embargo, que el predominio masculino era muy anterior a la dictadura, como demuestra la documentación histórica ya expuesta. La transformación producida durante el franquismo no consistió, por tanto, en convertir una tradición originalmente mixta en masculina, sino en favorecer un contexto institucional y cultural en el que su carácter mayoritariamente masculino pudo consolidarse como una característica aparentemente inherente a la propia tradición.
La intervención del régimen también alcanzó a la organización y las actividades de las agrupaciones. En este contexto debe situarse la Orden del SEU de 12 de noviembre de 1955, que estableció una reglamentación común para las tunas estudiantiles dentro de la estructura político-universitaria. No se trataba de la primera regulación de la historia de las estudiantinas, puesto que existían reglamentos anteriores, sino de su sometimiento a un marco organizativo vinculado a las instituciones del régimen (Martín Sárraga, 2026a, pp. 9-10).
Entre las disposiciones de aquella normativa figuraba la prohibición de realizar cuestaciones y colectas, incluso con finalidades benéficas. Esta medida afectaba a una práctica que, como hemos visto, había tenido considerable importancia en la historia de las estudiantinas, especialmente por su vinculación con la solidaridad y el socorro a personas necesitadas (Martín Sárraga, 2026b, p. 626).
No obstante, la prohibición no supuso la desaparición de todas estas actividades. La investigación recogida en La hija del carnaval documenta veintidós ocasiones en las que se autorizaron cuestaciones durante la dictadura, destinadas principalmente a ayudar a estudiantes necesitados, comedores universitarios y otras finalidades asistenciales (Martín Sárraga, 2026b, p. 634).
Estos testimonios permiten observar cómo la intervención institucional del franquismo modificó las condiciones en que las tunas desarrollaban algunas de sus actividades tradicionales, sin conseguir eliminar por completo determinadas prácticas solidarias. Al mismo tiempo, la diferenciación de los espacios universitarios masculinos y femeninos contribuyó a configurar una imagen pública de la tuna que no reflejaba toda la diversidad de sus antecedentes históricos.
La transformación de las tunas durante el franquismo debe comprenderse, por tanto, como parte de un proceso más amplio de reorganización de la vida universitaria, cuyas consecuencias alcanzaron tanto a sus actividades como a las representaciones culturales que posteriormente llegaron a identificarse con la tradición.
Durante la dictadura se proyectó una imagen de la tuna predominantemente masculina. Ejemplo de su representación cultural es un recortable publicado en 1958 en el número 500 de Bazar, la revista de las niñas, donde los personajes masculinos aparecen vestidos con el traje de tuna y la niña con ropa de calle (Martín Sárraga, 2015). Este documento permite observar cómo determinados materiales dirigidos al público infantil reproducían una imagen de la tuna vinculada preferentemente a los hombres.
Otro testimonio expresivo es el anuncio de brandy Soberano difundido en 1965, ya dirigido al públlico adulto. En él se afirma que la tuna, los toros, el fútbol y las carreras automovilísticas eran "cosa de hombres". Su importancia como fuente histórica reside en que documenta una representación cultural difundida públicamente durante la dictadura en Televisión Española y en los cines. La importancia de este anuncio radica en que esa asociación resultaba suficientemente reconocible en 1965 como para utilizarse en un mensaje publicitario.
La comparación con las agrupaciones femeninas y mixtas documentadas antes de 1936 demuestra que aquella representación cultural de la tuna como "cosa de hombres" no puede convertirse retrospectivamente en una definición universal de la tradición.
Por otra parte, el SEU sirvió par transmitir el bulo del origen medieval de la tuna que ha llegado hasta nuestros días. Afirmamos esto znte la evidencia documental aportada por el programa del III Concurso Nacional de Tunas del SEU, celebrado en Cádiz en 1956, que divulgó una supuesta antigüedad de ocho siglos de la tuna (Martín Sárraga, 2015).
Este documento posee interés histórico porque permite estudiar cómo determinadas interpretaciones sobre los orígenes circularon dentro de un marco institucional, pero la difusión de una afirmación no demuestra su exactitud. La existencia de esate programa de 1956 acredita la narración que se divulgaba entonces, pero no demuestra que las tunas universitarias contemporáneas existieran con sus características actuales desde el siglo XII. Esta distinción resulta fundamental para evitar que las representaciones retrospectivas sustituyan al análisis documental.
La imagen predominantemente masculina de la tuna tampoco significó que las tunas femeninas desaparecieran por completo durante el franquismo. Tenemos evidencia documental, entre otras, de la existencia de la Tuna Femenina del Colegio de la Asunción en 1949, la Tuna del Colegio Mayor Universitario Santo Tomás de Aquino en Oviedo durante la década de 1950, la Rondalla Femenina «Las Alegres Estudiantes» del SEU de Barcelona en 1961 y la Tuna Femenina de Bilbao en 1962 (Martín Sárraga, 2026a, pp. 10-11).
Especialmente significativa fue la participación de la Tuna Femenina de Barcelona como invitada de honor al VII Certamen Nacional de Tunas en 1964 (Martín Sárraga, 2026a, p. 10).
Estos testimonios permiten afirmar que tampoco durante el franquismo la composición exclusivamente masculina fue universal aunque la dictadura favoreció modelos diferenciados de sociabilidad y contribuyó a difundir una determinada imagen cultural de la tuna.
La transformación de la Universidad y la expansión de las tunas femeninas
La incorporación progresiva de las mujeres a los estudios superiores modificó las posibilidades de participación en las diferentes formas de sociabilidad universitaria. Según las estadísticas educativas recogidas en el estudio presentado en octubre de 2026, las mujeres representaban el 36,7 % del alumnado universitario español en 1975, el 44 % en 1980 y el 49,46 % en 1985. En 1990 constituían ya el 50,96 % (Martín Sárraga, 2026a, pp. 5, 10-11).
La expansión de las tunas femeninas siguió cronológicamente este proceso. Aproximadamente el 5 % de las agrupaciones femeninas registradas en España inició su actividad durante la década de 1980; alrededor del 45 %, durante la de 1990; y más del 50 %, desde el año 2000 (Martín Sárraga, 2026a, pp. 10-11). Estas cifras describen la distribución por periodos de las agrupaciones registradas y no deben confundirse con tasas generales de participación femenina. La coincidencia cronológica con el incremento de la población universitaria femenina resulta relevante, sugiriendo una relación causal.
El informe citado en el escrito de octubre de 2026 registra 1.045 tunas en diecisiete países, de las cuales aproximadamente la mitad son femeninas o mixtas (Martín Sárraga, 2026a, pp. 11-12). Estas cifras corresponden al registro detectado en el momento del estudio, no necesariamente a la totalidad de las agrupaciones existentes. Su importancia reside en mostrar la considerable presencia de mujeres en la manifestación cultural contemporánea.
Las integrantes de estas agrupaciones aprenden y transmiten repertorios, organizan actividades, participan en encuentros, conservan símbolos y vestimentas y contribuyen a mantener conocimientos y prácticas compartidas. Desde la perspectiva del patrimonio cultural inmaterial, participan activamente en su conservación y evolución.
Importancia social del binomio Tuna–Universidad
La relación entre la tuna y la Universidad constituye una dimensión esencial de su identidad, siendo una de las que merece mayor atención por sus posibles implicaciones sociales y formativas.
En la conferencia Importancia social del binomio Tuna - Universidad, impartida a finales de 2018 en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, examiné diferentes valores y capacidades relacionados con la experiencia tunantesca (Martín Sárraga, 2018), reflejando sus resultados en La hija del carnaval, donde distinguí expresamente entre las cualidades percibidas por los integrantes de las tunas y los valores asociados a su relación con las instituciones académicas (Martín Sárraga, 2026b, pp. 634-637). Esta distinción resulta especialmente importante porque permite comprender que la experiencia de pertenecer a una tuna puede analizarse desde dos perspectivas complementarias: la del estudiante que participa en ella y la de la Universidad con la que se identifica.
Aquella investigación de 2018 partió de una encuesta en línea que estuvo disponible para una comunidad de 1.338 integrantes de tunas universitarias de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, España, México, Perú, Portugal y Puerto Rico. Consisió de un cuestionario que permitía seleccionar diferentes valores y añadir otros que los participantes consideraran relevantes. También admitía señalar más de una opción (Martín Sárraga, 2018, 2026b, pp. 634-635). Entre las cualidades mencionadas figuraron la tolerancia a la frustración, el respeto, la solidaridad, el altruismo, la aculturación, la inclusión, la capacidad de trabajo en equipo, el compromiso social, el emprendimiento, la confianza en uno mismo y las habilidades comunicativas/ oratoria y la capacidad de desenvolverse ante otras personas como aspectos que algunos participantes relacionaban con su experiencia tunantesca (Martín Sárraga, 2026b, pp. 635-636). Estas percepciones pueden comprenderse en relación con determinadas actividades habituales de las agrupaciones: organizar ensayos, interpretar música ante el público, preparar actuaciones, distribuir responsabilidades y relacionarse con personas ajenas a la comunidad académica.
La encuesta tuvo carácter exploratorio y sus resultados no alcanzaron significación estadística. Por tanto, los datos no permiten afirmar que la pertenencia a una tuna produzca necesariamente estas cualidades ni generalizar las percepciones registradas al conjunto de las agrupaciones. Su relevancia reside en haber identificado un repertorio de valores percibidos que puede servir de punto de partida para investigaciones posteriores.
La actividad colectiva de una tuna reúne circunstancias que pueden ofrecer oportunidades de aprendizaje complementarias a la formación académica.
La interpretación musical ante el público exige preparación, coordinación y adaptación a diferentes situaciones. La organización de actuaciones y desplazamientos requiere planificación y distribución de responsabilidades. La convivencia entre integrantes de distintas generaciones puede favorecer el intercambio de conocimientos y experiencias.
Estas prácticas permiten plantear hipótesis sobre el desarrollo de capacidades comunicativas, organizativas y de colaboración.
Esta conferencia de 2018 recogió las percepciones de participantes que relacionaban su experiencia con la confianza personal, la iniciativa, la oratoria y el trabajo en equipo (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 635-636). No obstante, la existencia de oportunidades de aprendizaje no equivale a que todas las personas desarrollen las mismas capacidades.
La conferencia también abordó la relación entre la tuna y la institución académica. Entre los aspectos identificados figuraron la creación de un vínculo duradero con la Universidad, el sentimiento de orgullo por la pertenencia a ella y la transmisión de valores vinculados con la vida universitaria (Martín Sárraga, 2018; 2026b, p. 636). La importancia de esta dimensión reside en que la vinculación del integrante de la tuna con su institución docente puede mantenerse más allá del periodo de estudios.
La participación en actividades musicales, encuentros y celebraciones favorece experiencias compartidas que pueden contribuir a conservar un sentimiento de pertenencia a la comunidad académica. Desde esta perspectiva, la tuna puede convertirse en un vínculo cultural entre diferentes generaciones de estudiantes. Esta relación también plantea una responsabilidad: la representación de una universidad mediante una agrupación que utiliza su nombre debe corresponderse con comportamientos que respeten los valores de la institución y de la comunidad académica.
No basta, por tanto, con exhibir sus símbolos o utilizar su denominación. La representación universitaria debe manifestarse igualmente mediante la conducta pública de quienes participan en ella.
Otro aspecto destacado en la conferencia fue la consideración de los integrantes de las tunas como representantes de su institución académica. Las actuaciones públicas, los viajes y los encuentros entre agrupaciones pueden contribuir a difundir el nombre y la identidad cultural de una universidad fuera de sus instalaciones (Martín Sárraga, 2018; 2026b, p. 636).
Esta dimensión adquiere especial importancia cuando las agrupaciones participan en actividades nacionales e internacionales. En tales circunstancias, la música puede funcionar como medio de contacto entre instituciones, comunidades estudiantiles y personas de distintas procedencias.
La identificación con el alma mater constituye un elemento significativo de la experiencia tunantesca, sin implicar necesariamente que todas las agrupaciones mantengan idénticos vínculos administrativos con sus respectivas instituciones.
La continuidad entre promociones estudiantiles
La integración y renovación periódica de los miembros de la tuna proporciona otra dimensión de la relación entre tuna y Universidad. La incorporación de nuevos estudiantes permite transmitir conocimientos musicales, repertorios, experiencias organizativas y determinadas costumbres a generaciones sucesivas.
Este mecanismo de renovación incide en la continuidad cultural de las tunas y su capacidad para mantener vínculos entre diferentes promociones estudiantiles (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 636-637). Esta transmisión constituye una dimensión fundamental de su carácter patrimonial.
La experiencia colectiva puede mantenerse porque los integrantes de mayor antigüedad comparten conocimientos con quienes se incorporan después. Sin embargo, la transmisión intergeneracional no exige reproducir de manera inalterada todas las prácticas recibidas. La historia demuestra que muchas costumbres consideradas tradicionales surgieron o se modificaron en momentos diferentes de la evolución de las estudiantinas y tunas (Martín Sárraga, 2020, 2026b, pp. 267-404). La continuidad cultural debe comprenderse, por tanto, como un proceso de conservación y transformación.
La convivencia constituye una dimensión fundamental de la experiencia tunantesca en que la amistad y el compañerismo surgen del respeto a los mayores, uno de los valores fundamentales de la tuna que ha llegado a modo del ROA: riguroso orden de antigüedad.
La participación en la tuna implica compartir ensayos, organizar actividades, distribuir responsabilidades, realizar desplazamientos y establecer relaciones personales con integrantes de diferentes generaciones. Estas experiencias que fomentan y favorecen la amistad, el compañerismo, el trabajo colectivo y el sentimiento de pertenencia (Martín Sárraga, 2018, 2026b, pp. 634-637).
Diego Callejón destacó la amistad, la camaradería y el respeto entre integrantes, así como la importancia de su calidad humana y musical (Barrientos García, 2006, p. 81). Por su parte, Lorenzo Correa Loreda identificó entre los valores culturales de la tuna la alegría, la amistad, la diversidad cultural, la memoria colectiva y la conservación de costumbres compartidas (Correa Loreda, 2018, citado en Martín Sárraga, 2026b, p. 634).
Aquella conferencia de 2018 incorporó también cualidades como la tolerancia a la frustración, el altruismo, la solidaridad y las habilidades de comunicación entre las percepciones expresadas por los participantes de la encuesta. Estas respuestas muestran que algunos integrantes consideran la tuna algo más que una agrupación musical.
Sin embargo, la amistad no implica ausencia de conflictos, ni el compañerismo debe confundirse con la aceptación de cualquier comportamiento colectivo. La tolerancia a la frustración tampoco sigdebe interpretarse como la aceptación de situaciones arbitrarias o de abuso. El respeto, la solidaridad y la colaboración deben manifestarse mediante comportamientos concretos, especialmente en las relaciones internas y en la convivencia intergeneracional.
Los valores de una tradición no se demuestran únicamente mediante su proclamación, sino a través de los comportamientos que permiten reconocerlos.
El carácter iniciático de la tuna universitaria: aprendizaje, pertenencia y transmisión de valores
El carácter iniciático constituye una dimensión relevante de la identidad cultural de la tuna universitaria. La incorporación de nuevos integrantes no supone únicamente el ingreso en una agrupación musical, sino también el comienzo de un proceso de aprendizaje, convivencia y familiarización con determinadas prácticas, conocimientos y valores compartidos.
En la conferencia Importancia social del binomio Tuna–Universidad relacioné expresamente este carácter iniciático con la renovación periódica de los integrantes, la transmisión cultural y el sentimiento de pertenencia a una comunidad que trasciende generaciones (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 636-637).
Desde una perspectiva antropológica, los procesos iniciáticos pueden comprenderse como experiencias mediante las cuales una persona se incorpora progresivamente a una comunidad, adquiere conocimientos relacionados con ella y obtiene el reconocimiento de sus integrantes. En el caso de la tuna, esta dimensión puede manifestarse mediante el aprendizaje musical, la familiarización con sus usos y costumbres (su tradición), la participación en actividades colectivas y la asunción gradual de responsabilidades.
La transmisión de conocimientos entre integrantes de distinta edad y antigüedad constituye uno de los elementos fundamentales de este proceso. Quienes poseen mayor experiencia pueden enseñar repertorios, técnicas instrumentales, formas de organización y determinadas prácticas culturales a quienes se incorporan posteriormente. De este modo, la iniciación puede funcionar como un mecanismo de continuidad del patrimonio inmaterial.
La convivencia y la participación colectiva favorecen la construcción de vínculos personales, el sentimiento de pertenencia y la identificación con una comunidad estudiantil que conserva elementos de su historia mediante la transmisión entre generaciones.
El carácter iniciático también contribuye a explicar la dimensión simbólica de la tradición. Los nombres, las formas de reconocimiento interno, las ceremonias y determinadas costumbres pueden adquirir significados que exceden su función práctica, especialmente cuando representan el ingreso en una comunidad y el reconocimiento de una nueva condición dentro de ella.
La iniciación no debe confundirse necesariamente con las novatadas, la humillación o la imposición de conductas arbitrarias. Estas prácticas requieren un análisis específico y no pueden justificarse automáticamente mediante su consideración como costumbres tradicionales. Del mismo modo, no sería metodológicamente correcto proyectar las formas iniciáticas de las tunas contemporáneas sobre las estudiantinas decimonónicas sin documentación que acredite su existencia en aquellos periodos.
Desde la perspectiva del patrimonio cultural inmaterial, el interés del carácter iniciático reside especialmente en su capacidad para favorecer la continuidad cultural mediante el aprendizaje y la convivencia. La incorporación de nuevos integrantes permite que determinados conocimientos y prácticas sobrevivan a quienes los transmitieron.
Existe, además, una relación directa con los valores identificados en la investigación presentada en 2018. El aprendizaje compartido puede ofrecer oportunidades para desarrollar capacidades de colaboración, comunicación, responsabilidad y convivencia (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 634-637).
El carácter iniciático de la tuna universitaria constituye, por tanto, una dimensión significativa de su patrimonio inmaterial: mediante la incorporación progresiva de nuevos integrantes, una comunidad transmite conocimientos, prácticas, experiencias y significados que contribuyen a mantener su identidad colectiva. Su valor no reside en la antigüedad que pueda atribuirse a determinadas ceremonias, sino en la función cultural que efectivamente desempeñan y en su capacidad para transmitir conocimientos y valores respetando la dignidad de quienes participan en ellas.
La aculturación y el intercambio cultural: una tradición que trasciende fronteras
Entre los valores asociados a la experiencia de la tuna universitaria merece especial atención la aculturación, entendida como el proceso de transformación cultural que puede producirse mediante el contacto entre personas y comunidades de diferentes procedencias.
Redfield, Linton y Herskovits (1936, pp. 149-150) definieron la aculturación a partir de los cambios que experimentan los patrones culturales de uno o varios grupos como consecuencia del contacto directo y continuado entre culturas diferentes.
Viajar, interpretar repertorios extranjeros o participar en encuentros internacionales facilita el contacto cultural, pero no demuestra necesariamente que se haya producido un proceso de aculturación. Para acreditar la aculturación es preciso identificar transformaciones concretas en las prácticas de las comunidades participantes. La tuna universitaria ofrece un ámbito especialmente interesante para estudiar estos fenómenos al hallar en la música un excelente vehículo de intercambio cultural.
La interpretación de canciones de distintas regiones y países permite aproximarse a otros repertorios, ritmos, lenguas y formas musicales. Cuando estos elementos se incorporan de manera estable a las prácticas de una agrupación, pueden producirse transformaciones culturales que merecen ser investigadas.
El estudio de la evolución de los instrumentos y repertorios resulta especialmente relevante para comprender estos procesos. En su tesis doctoral, Belmonte Trujillo (2016) abordó la evolución organológica y musical de las estudiantinas y tunas españolas desde el final de la Guerra Civil, prestando atención a las influencias de ida y vuelta entre España y Latinoamérica. Esta investigación proporciona un marco especializado para examinar la circulación de repertorios e instrumentos como una dimensión del intercambio cultural, diferenciándola de las relaciones personales y sociales que también pueden producirse mediante los viajes.
Los viajes de las tunas facilitan conocier otras culturas y la posibilidad de valorar la propia herencia cultural (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 636-637). Esta reflexión resulta especialmente significativa porque el contacto con otras costumbres puede favorecer una comprensió más profunda de aquello que distingue a cada comunidad.
Los encuentros de tunas permiten compartir repertorios, expresiones lingüísticas, experiencias de convivencia y distintas maneras de interpretar una tradición común, que pueden facilitar el desarrollo de actitudes de apertura cultural y respeto hacia las diferencias.
La aculturación apareció entre las cualidades mencionadas en la encuesta de 2018 (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 634-635), relacionándose también la actividad musical con las posibilidades de enriquecimiento cultural individual y colectivo. Esta dimensión adquiere especial importancia cuando se considera la expansión internacional de las tunas y las relaciones entre agrupaciones de diferentes países.
Una comunidad que incorpora repertorios o prácticas procedentes de otra sociedad puede modificar parcialmente sus manifestaciones culturales. Al mismo tiempo, puede contribuir a difundir elementos de su tradición entre personas de diferentes procedencias. Estos intercambios pueden producirse también dentro de una misma agrupación cuando coinciden estudiantes de distintas regiones o países. Desde la perspectiva del patrimonio cultural inmaterial, la capacidad de incorporar experiencias y conocimientos constituye una expresión de la naturaleza dinámica de las tradiciones (UNESCO, 2003).
La tuna universitaria no solo transmite una herencia cultural recibida: también puede facilitar el encuentro con otras tradiciones y contribuir a que sus integrantes amplíen sus conocimientos y experiencias sin renunciar necesariamente a su propia identidad.
La transmisión intergeneracional y el sentimiento de pertenencia
La convivencia entre integrantes de diferentes generaciones constituye uno de los mecanismos que permiten conservar la actividad de las tunas universitarias. La incorporación periódica de nuevos estudiantes facilita la transmisión de conocimientos musicales, repertorios, prácticas organizativas y experiencias colectivas (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 636-637).
La tuna entendida como una comunidad que trasciende las fronteras nacionales permite comprender cómo se puede interpretar como la pertenencia a una hermandad que comparte elementos históricos y culturales.
Pero la transmisión intergeneracional no significa que todas las costumbres permanezcan inalteradas. La historia demuestra que numerosas prácticas consideradas tradicionales fueron incorporadas o transformadas en momentos concretos de la evolución de las estudiantinas y tunas (Martín Sárraga, 2020, 2026b, pp. 267-404).
Por ello, el conocimiento histórico desempeña una función fundamental. Cuando una costumbre se transmite acompañada de explicaciones no contrastadas, existe el riesgo de que las interpretaciones posteriores terminen aceptándose como hechos históricos sin serlo. La investigación permite distinguir entre las prácticas documentadas y los relatos elaborados retrospectivamente para explicar su origen.
Una tradición no pierde valor cuando se demuestra que determinadas costumbres son más recientes de lo que se pensaba. Por el contrario, adquiere una explicación histórica más precisa.
La tuna universitaria y el Patrimonio Cultural Inmaterial de España
El 14 de junio de 2025 se publicó en el Boletín Oficial del Estado la Resolución de 4 de junio por la que se incoaba expediente para declarar la tuna universitaria manifestación representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de España (Ministerio de Cultura, 2025, pp. 78438-78448).
La resolución justificó el interés patrimonial de esta manifestación por su vinculación con la Universidad, su carácter colectivo y musical, su arraigo territorial, su capacidad de transformación y su presencia en la memoria compartida de las comunidades que la mantienen.
También destacó su proyección internacional y señaló riesgos relacionados con el envejecimiento de sus integrantes y las dificultades para incorporar nuevas generaciones.
El documento reconoció la naturaleza dinámica de la tuna y las transformaciones experimentadas por sus repertorios, instrumentos, indumentaria, organización y composición (Ministerio de Cultura, 2025).
Desde esta perspectiva, la importancia social del binomio Tuna–Universidad adquiere especial relevancia.
La continuidad de estas agrupaciones puede favorecer la transmisión de conocimientos entre promociones estudiantiles, mientras que la vinculación con las instituciones académicas contribuye a configurar su identidad cultural.
La música, los viajes y los encuentros entre agrupaciones también pueden facilitar contactos interculturales que amplíen sus posibilidades de intercambio y aprendizaje.
Estos aspectos deben valorarse como dimensiones del patrimonio cultural que merecen ser estudiadas, documentadas y transmitidas.
El aplazamiento comunicado en septiembre de 2026
Según los antecedentes recogidos en Consideraciones históricas sobre la mujer, la igualdad de género y la Tuna Universitaria, el 14 de septiembre de 2026 se comunicó al grupo promotor un aplazamiento de la eventual declaración estatal, argumentándose que la igualdad de género no se encontraba suficientemente consolidada ni presentaba una situación uniforme (Martín Sárraga, 2026a, pp. 1-2).
El escrito, fechado el 4 de octubre de 2026, examinó las implicaciones de dicha comunicación mediante los testimonios históricos relativos a la participación femenina.
La documentación permite afirmar que la presencia de mujeres en las estudiantinas y tunas académicas está acreditada desde hace más de un siglo; que existieron agrupaciones mixtas antes de la Guerra Civil; que durante el franquismo continuaron apareciendo agrupaciones femeninas; y que desde finales del siglo XX se produjo una expansión importante de estas últimas (Martín Sárraga, 2026a, pp. 4-12).
Estos hechos resultan fundamentales para interpretar la composición histórica de las comunidades que han mantenido esta manifestación cultural.
Igualdad y uniformidad organizativa
El estudio presentado en octubre de 2026 plantea una distinción importante: igualdad de participación y uniformidad organizativa no constituyen conceptos equivalentes.
La historia documenta agrupaciones masculinas, femeninas y mixtas.
Su existencia obliga a examinar las diferentes formas de participación sin considerar que una sola configuración organizativa represente necesariamente toda la tradición (Martín Sárraga, 2026a, pp. 12-14).
Esta interpretación no supone afirmar que todas las agrupaciones contemporáneas garanticen idénticas condiciones de participación.
La evaluación de esas condiciones requiere investigaciones específicas sobre reglamentos, criterios de ingreso y prácticas actuales.
Sin embargo, la documentación histórica demuestra que la composición exclusivamente masculina no constituyó una característica universal de las estudiantinas y tunas.
El escrito presentado al Ministerio plantea, además, una cuestión metodológica y administrativa: cuando se utilizan expresiones como igualdad suficientemente consolidada, uniformidad o necesidad de mayor perspectiva, resulta necesario precisar los criterios que permitan determinar objetivamente cuándo se consideran cumplidas esas condiciones (Martín Sárraga, 2026a, pp. 12-15).
La diferenciación entre historia, prácticas contemporáneas y criterios administrativos resulta indispensable para evitar interpretaciones anacrónicas.
Conservar la tradición sin inmovilizarla
Las tradiciones sobreviven porque existen comunidades que las mantienen.
Pero su continuidad no exige que todas sus prácticas permanezcan inalteradas.
La historia de las estudiantinas y tunas universitarias demuestra que determinadas costumbres desaparecieron, otras fueron transformadas y algunas adquirieron nuevos significados a lo largo del tiempo (Martín Sárraga, 2020, 2026b, pp. 267-404).
La incorporación de nuevos repertorios, los cambios en la indumentaria, la evolución de las formas organizativas, la participación femenina y la expansión internacional constituyen manifestaciones de un proceso de adaptación que debe comprenderse históricamente.
La conferencia de 2018 permite añadir otra dimensión a esta reflexión: el patrimonio cultural no solamente se conserva mediante objetos y documentos, sino también mediante las experiencias compartidas y las relaciones que las comunidades establecen con las instituciones a las que pertenecen (Martín Sárraga, 2018; 2026b, pp. 634-637).
El vínculo con la Universidad, el sentimiento de pertenencia, la transmisión entre promociones y las oportunidades de intercambio cultural forman parte de ese patrimonio menos visible.
Sin embargo, la conservación de los valores asociados a la tuna exige algo más que su proclamación.
La solidaridad adquiere significado cuando se convierte en ayuda efectiva; el compañerismo, cuando se manifiesta mediante relaciones respetuosas; la vinculación universitaria, cuando se refleja en comportamientos responsables; y la apertura cultural, cuando favorece el conocimiento de otras personas y tradiciones.
La historia muestra también que determinadas representaciones pueden consolidarse en circunstancias políticas concretas y llegar a confundirse con características esenciales de una tradición.
El caso de la identificación entre tuna y masculinidad durante el franquismo constituye un ejemplo significativo.
La documentación anterior y posterior a la dictadura demuestra que aquella representación no agota la complejidad histórica de las agrupaciones (Martín Sárraga, 2015, 2026a).
Conocer esta evolución permite evitar que una imagen correspondiente a un periodo determinado se convierta retrospectivamente en una definición universal.
Patrimonio vivo: conocer el pasado, practicar los valores y transmitir la tradición
La tuna universitaria ha llegado hasta nuestros días mediante un proceso histórico en el que se entrelazan música, vida estudiantil, sociabilidad, solidaridad, convivencia y transformación cultural.
No todas estas manifestaciones tuvieron idéntica importancia en cada época ni estuvieron presentes en todas las agrupaciones.
Precisamente por ello, la investigación histórica resulta indispensable para comprender su evolución y evitar que la memoria colectiva sustituya a los testimonios documentales.
Los estudios realizados sobre las estudiantinas decimonónicas, sus actividades benéficas, la participación femenina, la evolución musical y las transformaciones experimentadas durante el franquismo permiten reconocer una tradición que ha evolucionado dentro de circunstancias sociales muy diferentes (Belmonte Trujillo, 2016; Martín Sárraga, 2015, 2020, 2022, 2026a, 2026b).
La conferencia Importancia social del binomio Tuna-Universidad añadió una reflexión sobre otra dimensión de esa tradición: las posibilidades de desarrollo personal, convivencia, intercambio cultural y vinculación institucional que algunos participantes reconocían en su experiencia tunantesca (Martín Sárraga, 2018).
Sus resultados, aunque exploratorios y no representativos, permiten identificar valores percibidos que merecen ser examinados mediante futuras investigaciones.
La solidaridad documentada mediante fuentes históricas, la transmisión intergeneracional, las relaciones de compañerismo, la participación femenina y la aculturación constituyen dimensiones que contribuyen a comprender el significado cultural de estas agrupaciones.
Pero su reconocimiento no exige idealizar la tradición ni atribuir automáticamente determinadas cualidades a todos sus integrantes.
La investigación histórica permite distinguir entre los valores proclamados, las prácticas documentadas y las interpretaciones elaboradas posteriormente.
La tuna universitaria constituye un patrimonio vivo porque continúa siendo una manifestación cultural que transmite conocimientos, conserva experiencias colectivas y ofrece oportunidades para practicar valores y establecer relaciones entre personas, generaciones, instituciones y culturas diferentes.
Su continuidad no depende únicamente de conservar unas formas externas, sino también de conocer su historia y mantener las condiciones que permitan transmitir su herencia cultural.
La relación con la Universidad adquiere aquí un significado esencial: la tuna puede mantener vínculos entre promociones estudiantiles, favorecer experiencias compartidas y contribuir a la difusión cultural de la institución con la que se identifica.
La aculturación añade una perspectiva complementaria: las comunidades no solamente conservan conocimientos heredados, sino que pueden enriquecerlos mediante el contacto con otras tradiciones.
La participación femenina demuestra, por su parte, que la transmisión de esta manifestación cultural no ha correspondido exclusivamente a los hombres, aunque estos fueran históricamente mayoritarios.
Preservar la tuna universitaria exige, en definitiva, conocer su pasado sin falsearlo, reconocer su diversidad histórica y favorecer que los valores asociados a su identidad continúen manifestándose mediante conductas.
Porque el verdadero valor de una tradición no reside solamente en cuánto tiempo ha sobrevivido, sino también en aquello que sus comunidades han sido capaces de aportar a la sociedad y en lo que todavía pueden transmitir a las generaciones futuras.
Referencias bibliográficas
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Publicación: 07/11/2026